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Un día en la Maternelle

Un abrazo, un último beso, el profesor ya recibe a los niños, usted nos confía a su hijo para la jornada escolar que está a punto de comenzar… ¡Bienvenido, en este tiempo de lectura, a algunos elementos de su vida cotidiana, desde el punto de vista de un niño, y desde el punto de vista de un educador!

Rutinas para crecer en un entorno tranquilizador

Es diciembre, las rutinas para llegar a clase están bien establecidas: todos han llegado, nos reunimos en círculo para empezar el día. El profesor se sienta en el suelo con nosotros, contamos el número de niños presentes, damos la bienvenida a un compañero que ha estado ausente varios días, un «niño grande» nos dice qué día es y escribe la fecha en la pizarra con ayuda de etiquetas, y se intercambian pequeñas noticias. Estas rutinas que marcan el día ayudan al niño a situarse en el espacio, en el tiempo y en el grupo con el que convive durante un año. La regularidad que ofrece este marco tranquiliza al niño: sabe cómo se desarrollará el día, cuándo estará con el grupo, podrá jugar, aprender, entrenarse, relajarse, etc. La escuela es un lugar de aprendizaje y socialización, los momentos colectivos construyen una experiencia común y contribuyen a aprender a trabajar juntos, a vivir juntos.

Métodos específicos de aprendizaje

Comienza la hora del taller. Podemos trabajar solos, en grupo o con el profesor. Con ella aprendemos algo nuevo: un taller, un juego, nos enseña a coger mejor el bolígrafo, nos hace pensar con acertijos matemáticos, nos hace descubrir una técnica artística… Trabajamos igual a veces con otro profesor, o con el ayudante: nos explican, nos animan, nos felicitan…».

También puedo trabajar solo: preparo el lugar donde quiero sentarme (en una mesa o con una esterilla en el suelo), elijo un taller que hago solo, y pruebo, experimento, practico… Puedo pedir ayuda, enseñar a un compañero, a un adulto, tomarme mi tiempo, o dejar de lado este taller y elegir otro, ¡quizá rehacer el que ya domino bien! Tengo tiempo para aprender, para practicar, me veo progresando y teniendo éxito.

El profesor prepara y ofrece a los niños diferentes talleres y juegos en función del nivel, las habilidades que se van a trabajar y el interés de los niños. Elegir entre estas propuestas contribuye al aprendizaje de la autonomía intelectual y emocional: la elección permite a determinados niños (o en determinados momentos del aprendizaje), centrarse más en la tarea porque está vinculada a su propia motivación; les da la oportunidad de mejorar hasta dominarla a su satisfacción y les ofrece la posibilidad de decidir trabajar juntos para conseguir lo que no pueden hacer solos o, simplemente, compartirlo con sus compañeros.

Nos tomamos el tiempo de terminar nuestro taller, de guardarlo, de ir a los aseos para los que lo necesiten, y es hora de ir a la sala de psicomotricidad: cada día hacemos algo diferente: baile, cursos, juegos colectivos… De una semana a otra, los juegos propuestos por el profesor evolucionan con nuevas reglas. Los más pequeños experimentan, prueban, se atreven; luego, a medida que crecen, hablamos de nuestros sentimientos, de nuestras estrategias para «hacerlo mejor».

El lenguaje es parte integrante del desarrollo de las capacidades motoras, sensoriales, cognitivas y relacionales de los niños. En todas las áreas, los profesores animan a los niños a expresarse sobre lo que sienten, observan, anticipan: les llevan a pasar de «hacer una acción» a «comprender, pensar, decidir cómo actuar para tener más éxito», solos o con otros.

Aprender juntos y vivir juntos

Nos entretenemos por el pasillo, nos organizamos para jugar a los tenderos: podríamos ir a recoger piedrecitas al huerto y decir que son caramelos, y los meteríamos en una bici con una cesta; Pablo daría vueltas por el patio para decir que vendemos caramelos, y Laura estaría en la tienda de detrás de las montañas para venderlos, y… Nacen nuevas amistades, se inventa un juego, se intercambian bicis, se derraman lágrimas porque «esa no era la norma». … el tiempo de juego es un momento fundamental para los niños, durante el cual pueden decidir por sí mismos lo que quieren hacer y las reglas que lo acompañan. Ya sea corriendo, jugando a la pelota, en el arenero o imitando juegos, experimentan la vida en sociedad a través de las reglas que inventan y se imponen a sí mismos, poniendo en práctica el aprendizaje social y cultural que reciben de los adultos. Espacio (¡vigilado!), y momento de libertad, el patio de recreo es un momento de aprendizaje muy importante en la jornada de un niño.

Volvemos a clase: un niño está triste, le consuela la ayudante. La profesora nos lee un cuento sobre un elefante y un caracol que se pelean y luego se hacen amigos. Reproducimos el cuento con peluches y hablamos sobre él, para entender qué dice cada uno, qué siente cada uno, si uno tiene más razón que el otro, qué podemos hacer cuando hay una pelea. Es un poco como lo que pasó el otro día en el patio de recreo entre Leo y Lea… Más allá de la resolución de los conflictos a medida que se desarrollan, la profesora propone álbumes y juegos para ayudar a los niños a identificar sus emociones y sentimientos, y luego a expresarlos verbalmente. A través de estas historias, el niño puede identificarse tranquilamente con los personajes y las situaciones, a la vez que se siente completamente seguro emocional y cognitivamente, ya que no está personalmente ni emocionalmente implicado en la historia. Al aprender a descentrarse, el trabajo sobre la empatía permite al niño acceder al mundo del otro, con conocimientos, intenciones y reacciones: ¡el mundo no es sólo lo que vemos a nuestro alrededor, sino también lo que nos cuentan los demás, los libros y la escuela! El profesor se preocupa de que todos puedan desarrollar su autoestima, ayudarse mutuamente y compartir con los demás.

El vínculo entre la escuela y el hogar

Es el final del día, y ha sido de nuevo rico en aprendizajes, juegos, intercambios y emociones. Hemos guardado nuestras cosas, nos hemos puesto los abrigos, un asistente ha venido a recoger a los que se quedan en la escuela; estamos listos, ¡pronto será «la hora de los padres»!

Los tiempos de transición tienen una fuerte dimensión educativa: para la última rutina de la jornada escolar, que tiene la particularidad de ser compartida con la familia, los profesores ofrecen a los niños puntos de referencia para cerrar la jornada escolar y acompañar la vuelta a la vida en casa: recordar lo que hemos hecho/aprendido durante el día, anticipar lo que se hará al día siguiente, preguntar quién viene a recoger al niño, acoger la palabra que nos explica «lo que va a hacer ahora». Este apoyo a la transición puede continuarse con la familia, pidiendo al niño que nos cuente «una cosa bonita que le haya pasado durante el día»; no se trata de negar las situaciones difíciles, sino de aprender a diferenciar entre lo «grave» y lo «menos grave», y de destacar los momentos felices, ya sea en el aula, en el patio o en el comedor… Este momento de intercambio, si se ritualiza, le enseñará a reconocer y recordar estos momentos para que luego pueda compartirlos contigo, y tú podrás descubrir la felicidad de tu hijo en la escuela… ¡Un ritual que hay que continuar mucho más allá de la guardería!

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