Tengo un secreto

13 diciembre 2019

Por Amor Gonzalez, psicóloga escolar

Una vez a la semana voy a MECO (Centro Penitenciario Madrid I) donde trabajo con un grupo de unas doce a quince personas; todas ellas son hombres adultos, algunos en situación de preventivos, otros juzgados y cumpliendo condena.

Como yendo al gimnasio, unos días voy con ganas y otros con menos entusiasmo, pero siempre salgo con la misma sensación de satisfacción. Algunos días muy satisfecha.

Este jueves cuando le recojo en su módulo, me aborda Óscar con una sonrisa le cruza la cara y me anuncia, “Tengo un regalo para ti”. Voy con prisas, tengo que pasar todavía por otros cuatro módulos para recoger los demás internos antes de llegar al aula, pero aun asi le doy las gracias.

Cuando por fin llego a la clase, antes de que entren los demás Antonio me coloca una pulsera rosa, tejida por él con las letras que forman mi nombre. En su cara se puede ver una expresión de orgullo y satisfacción. Le agradezco el presente.

Al finalizar la sesión, Jêrome espera con paciencia a que los demás se despidan y me ofrece una novela escrita en francés porque sabe que me gusta leer. Le doy las gracias.

En los tres casos, la discreción ha marcado el intercambio. Oscar, Antonio y Jêrome encontraron un momento para hacer del acto de regalar algo privado, algo entre tú y yo. Sin testigos, sin alardes, sin buscar protagonismos, ni el reconocimiento de los demás. 

Simplemente un acto de expresión de gratitud y reconocimiento.

Por la tarde llego al despacho y me encuentro al portero sepultado detrás de una montaña de paquetes fruto del frenesí del Back Friday. Me dice: “Soy incapaz de saber quién tiene o no un paquete. Hay tantos, que tengo que hacerme una lista para poder responder cuando me pregunta un vecino si le ha llegado el suyo”.

El viernes vuelvo a casa por Gran Vía y hay tanta gente por las aceras que desborda sobre la calzada. Cientos de personas se afanan en hacer acopio de regalos para los próximos días 

Me invade cierta desazón. 

Comparo. 

Regalar como un acto privado, íntimo, sin testigos, entre la persona que da y la que recibe. 

Regalar como un acto público, esperado, deseado, casi obligado, en muchos casos sometido a la evaluación no sólo del que recibe sino también de amigos, parientes e incluso conocidos. 

¿Y a ti qué te han regalado? ¿Y tú qué le has regalado a tu hijo?  ¿Cuántos regalos te han hecho? 

Y me pregunto.

Si regalar fuera un secreto, ¿esta necesidad de regalar seguiría siendo la misma? 

Si nadie más que la persona que lo vaya a recibir supiera lo que regalamos, ¿sería el mismo regalo? ¿Seguiría siendo el mismo regalo si no tuviéramos miedo a equivocarnos, a ser rechazados, a ser juzgados, si no buscáramos más el reconocimiento que el agradecimiento? 

Y si nadie lo supiese nunca, ¿habría regalo?, ¿cuántos? ¿para quién?

¿Quieres saber si estás actuando de acuerdo con tus valores auténticos? ¿Lo que haces, realmente es importante para ti, o está supeditado al servicio de la aprobación social o a un impulso de tu ego? Mira: a ver si te puede ayudar hacerte esta pregunta: “Y si fuera un secreto que solo yo conociera, ¿seguiría siendo igualmente de importante para mí hacer esto que hago?”