À la manière des écrivains du XIXe siècle

22 avril 2021

Lectures de contes en espagnol créés par les 2ndes, à la manière d’écrivains du XIXe siècle, pour les 4e et 3e… une autre activité réalisée pour la journée du livre et du droit d’auteur 2021… Les mercredi 21 et vendredi 23 avril 2021, les élèves de 2nde se sont dans les classes de 4e Ravel, 3e Pythagore et 3è Thalès pour offrir à leurs camarades des lectures de contes créés par eux-mêmes, à la manière d’écrivains du XIXe siècle (Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas « Clarín », …). La rédaction de ces contes s’inscrit dans le projet de fin de séquence sur le Réalisme/Naturalisme.

El cojo de Iruña

El sol acechaba entre los robustos abetos dejando caer sus últimos rayos, creando en el valle de Iruña de Oca un ambiente cálido y pesado por el calor del verano. En la falda de la montaña, unos kilómetros por encima del pueblo donde todavía quedaban árboles que talar, persistían con tesón los leñadores hasta que no quedase luz. Retumbaban por todo el monte los últimos hachazos de los hombres de la aldea a lo que las gentes de Iruña ya estaban más que acostumbrados. El sonido se distorsionaba al llegar a la cima, creando así un ambiente tétrico que no cesaba hasta bien asentada la noche. Añadiendo que allí, en lo alto de la montaña, no quedaban árboles y el paisaje se volvía desértico y desolador. En aquel lugar, no se veía por lo general ningún movimiento. Sin embargo, al ruido constante de las hachas se le añadían los irregulares pasos de Argi, que por su cojera había sido apartado de la vida de aldea desde niño. Cada día después de terminar sus tareas caseras subía a duras penas hasta el pico de la montaña donde observaba con desazón la labor del resto de hombres. A veces lloraba, otras se frustraban y terminaba con los nudillos ensangrentados a base de golpear durante horas el quemado suelo. Cuando llegaba a su culminación de desesperanza pensaba vagamente en arrojarse por la montaña y así acabar con el sufrimiento que le llenaba el alma y que le había sido impuesto. En cambio, nunca encontraba el valor para acabar con su tormento. 

Caída la noche, Argi bajaba rápidamente la ladera cruzándose con los leñadores de los que se ocultaba por temor a sus reacciones. Una noche sin luna, decidió desviarse de su ruta habitual, y evitar las irregularidades del sendero para cruzar por donde se hallaban los leñadores. Cuando ya llevaba un largo tramo del camino oyó voces que le resultaron conocidas. Las dicciones, graves y exhaustas por la larga jornada de trabajo y se oían quejidos y suspiros. Argi reconociendo las voces de su violento y rudo padre se escondió tras un vigoroso roble viéndole recoger sus cosas. Dejaban apoyados en los árboles los desgastados y pesados hachas. 

  • Estoy nekatuta de esta bizitza (cansado-vida), suspiró el padre
  • Sin afán deseo que El Señor me lleve pronto.
  • Tú tienes hijos, buenos y fuertes hijos que no dudarán en llevar dinero a casa, sin embargo, a mí me han tocado un holgazán y para rematar cojo perdido. 
  • Desde luego Jainkoa no te ha bendecido… (Dios)
  • Eso es poco decir, generaciones y generaciones de leñadores que serán desperdiciadas por este engendro malnacido que…

Argi empapado en lágrimas no quiso escuchar más improperios de la boca de su padre, tapándose los oídos presionando con fuerza su cabeza y mordiéndose los labios para no ser escuchado. Cayó al suelo devastado apoyando su espalda en el tronco dejando caer su cabeza sobre sus rodillas. Transcurrió un buen rato, que a este le hizo infinito hasta que abandonaron el bosque. 

Secándose las lágrimas de la cara con el puño de la sucia camisa, más calmado se levantó con fuerza, así pareciendo que la fuerza de un titán le había poseído. Se dirigió con decisión hacia el primer árbol a medio cortar que vio. Seguramente era el mismo que su padre había empezado a tallar ese mismo día ya que reconoció la bella e inigualable empuñadura del hacha que había pertenecido a su familia durante generaciones. Cogiendo el hacha con sus dos manos y situando un pie detrás del otro pensó en todo lo que había sufrido por culpa de la aldea. Arrojó toda su fuerza sobre el tronco, haciendo girar el hacha hasta golpear su propio costado causando una incisión por la que brotó más sangre de la que tenía. Se desplomó causando un fuerte y seco sonido contra el suelo dejando el hacha clavada entre sus costillas y dejando un charco de sangre sobre su cuerpo. 

A la mañana siguiente, sin demora se celebró en Iruña un velatorio, y más tarde una eucaristía, pese a que Argi nunca había sido querido por los habitantes del pueblo, estos, muy afligidos por la tragedia, dieron lo mejor de sí para despedir al difunto. Todos presentaron sus respetos a la familia uno por uno besándoles y llenándolos de obsequios sin embargo no todos lloraban por la falta del joven sino más por la sensación de culpa que les envolvía. 

Beatriz M. C. y Greta H. G.

El tren de Granada

 Los Hinojal vivían en la segunda planta de la umbría escalera del fondo de una estrecha corrala cuyas paredes antaño eran blancas, en la que el color de los geranios pugnaba con el envejecido y pestilente ambiente que inundaba el patio de vecinos, al que se accedía junto a un gallinero situado en el más oculto de los callejones de Lavapiés. Una pieza, la de los Hinojal, que Eufrasia se esmeraba por mantener reluciente y ordenada. Poco tiempo le llevaba el orden pues Prudencio y ella tenían dos colchones de lana, una mesa, tres sillas y algunos aperos de cocina junto con el caldero y el baúl de las ropas, además de sus tres pequeños. Su jornada empezaba temprano, si es que terminaba, pues la puerta deslucida y ruidosa chocaba con el arcón a causa del viento invernal, impidiéndoles así descansar. Ella se levantaba cada mañana con tanta abnegación como amor para preparar el almuerzo de su esposo: una bota de vino, un mendrugo de pan y el guiso de patatas y zanahorias o, zanahorias y patatas dependiendo de qué fuera lo que quedaba a final de la tarde en las pobres cestas del mercado de la calle del Ave María. Y sin apenas prestar atención a las caras macilentas, los ojos vidriosos de sus hijos y al rostro demacrado de Eufrasia, Prudencio se vestía de fogonero, cogía su chaqueta y sin mirar atrás se iba de un portazo. Le esperaba un largo camino hasta la llegada a Atocha, donde le aguardaban más de doce horas de trabajo intenso en las vías del tren. 

Ese día, le asignaron el control de un nuevo ferrocarril que desconocía donde esperaba la llegada del tren procedente de Granada. La mezcla entre la lluvia, los humos y la neblina de la estación, provocaba en Prudencio un desagrado incontrolable que le impedía ejercer con atención su labor. Que además de mal pagada exigía un esfuerzo sobrehumano. Pero no solo completó su jornada laboral de horas y horas de sacrificio, sino que se quedó limpiando con un viejo cepillo las vías ferroviarias con la esperanza de obtener unos reales más. 

  • ¡Pero Prudencio en qué cabeza cabe! Vas a pillar la silicosis esa de la que tanta gente enferma. Se exclamó uno de sus compañeros refugiándose de la tormenta.
  • Zacarías tranquilo hijo mío, después de treinta años de experiencia, nada me atormenta. ¿Has oído alguna vez eso que dicen que acomodarse con la pobreza es ser rico?
  • Pero qué mosca te ha picado a ti, alguna vez lo habré escuchado … ¿Qué quieres decir con esto? 
  • Pues que yo sé que nunca voy a ser rico, nunca lo seré ni pretendo serlo al menos hablando de dinero, solo anhelo llegar a casa y aprovechar cada momento que la vida me da con mi familia. ¡Dime tú cuántas veces has llegado a casa camuflando tus preocupaciones con una sonrisa, con la sola intención de no entristecer a tus hijos el poco tiempo que compartes con ellos! Me he dado cuenta de que la poca energía que me queda al final del día la malgasto quejándome de mi mísera vida. Pues te voy a decir algo, mi vida es mísera si yo quiero que lo sea, una persona puede ser rica sin poseer ni una sola peseta. Esto no significa que vaya a dejar de trabajar como lo hago pues la comida no cae del cielo, hay que ganarla en este miserable suelo. ¡Pero a partir de ahora, quiero ser rico, rico de felicidad!

Y fue pronunciar esas palabras cuando el último tren del día le arrasó y Prudencio murió en la penumbra. 

Juliette M. et Nicole L. – 2C.C.

Un vagón y una mentira   

Era la época de la famosa Feria de Abril, y Sevilla acogía a todos los viajeros que asistían al evento. La música resonaba en todos los rincones, y las flores de azahar desprendían un olor dulzón que contribuía al ambiente festivo de la ciudad. Los cascos de los caballos retumbaban a todas horas, y los carruajes abarrotados, circulaban hasta la plaza de toros. En la plaza, no cabía ni un alfiler, y las bailaoras, vestidas de flamencas, daban vueltas en círculo animando a unirse a su danza a todos los paseantes. Las guitarras rasgaban y de los puestos de churros y buñuelos salían largas colas, que llegaban hasta el mercado del Arenal. Se podían ver todas las caras de felicidad y de euforia, pero la que más destacaba era el rostro joven y sonrojado de Dulce, la hija del matrimonio Jiménez, Raúl y Lola.

Éstos llevaban viviendo toda su vida en la ciudad, y se habían casado apenas hace un par de años antes, pero ya eran conocidos como la pareja más alegre, enamorada, y atenta de Sevilla. Raúl provenía de una familia adinerada y por lo tanto sus amigos cercanos no entendían por qué el hombre trabajaba tanto; vivía más en el extranjero que en Sevilla, dedicándose al comercio de tabaco, telas, especias… que tenía que enviar a sus clientes ya que era comerciante. Por otro lado, Lola era una mujer bella, divertida y muy atenta con su hija Dulce. La niña tenía tan solo diez años, pero era muy espabilada y desenvuelta.

La familia era muy feliz, pero de vez en cuando, la ausencia del padre, traía consecuencias en los sentimientos de las dos, sobre todo en los de Dulce. Sus largas ausencias, eran luego compensadas por muchos regalos de los sitios visitados por Raúl. Después de una quincena en Londres, Raúl volvió con muchos caramelos para Dulce, con el objetivo de compensar su ausencia y con una mala noticia; se tenía que volver a marchar una semana después.

La semana pasó volando, pero el momento que menos le apetecía a Dulce llegó, su padre tenía que volver a irse. Un carruaje ornamentado, de colores cálidos guiado por un cochero esperaba a Raúl para llevarlo a la estación de Santa Justa. En el mismo instante en el que los caballos doblaban la esquina, a Dulce se le ocurrió la loca idea de acompañar a su progenitor en su viaje. En un par de minutos, averiguó a qué hora y de donde salía su tren, hizo veloz la maleta, y se escapó por la puerta trasera de la casa.

Corrió con la ilusión de darle una sorpresa a su padre, pero cuando llegó a la estación, a Dulce le costó encontrarle ya que le llamaron mucho la atención las cristaleras en los techos altos, el barullo de la gente, y la música que resonaba por todo el edificio. Pero su cara de ilusión por sus descubrimientos se fue desvaneciendo poco a poco, lo único que la niña pudo enfocar con sus ojos, fue a su padre metiéndose en un vagón con un grupo de mujeres vestidas humildemente y con caras de desolación. Llevaban faldas oscuras desgastadas, paños en las cabezas que parecían muy usados, zapatos rotos, y que no parecían ser de sus tallas, y llevaban consigo pequeñas bolsas de viaje y alguna que otra cesta que parecía llevar víveres para el viaje.

Al llegar a casa, su madre le preguntó que dónde había estado y cuando ella le contó, todo el color del rostro de su madre desapareció en cuestión de tres segundos. La inocente Dulce no entendía lo que su padre escondía, pero los pocos detalles que la niña dio fueron suficientes para que Lola entendiera que su marido no era comerciante, sino que se dedicaba a la trata de blancas.

Dulce y Lola no volvieron a ver a Raúl, debido a que Lola tomó la decisión más complicada de su vida; emigrar a América para huir de esta gran mentira que las afectaba, ya no solo sentimentalmente sino también socialmente. Lola, al ser de buena familia, tenía muchas relaciones, entre las cuales se incluía la mía. La señora Jiménez y yo nos conocimos en un sarao, ya hace bastante, como diez años o así, y llevábamos una relación de cordialidad y amistad. Como ella bien sabía, yo era el director general de Santa Justa, y controlaba todo lo que pasaba en la estación; todos los trenes que salían y llegaban, los tumultos, los intercambios, las mercancías… y por lo tanto, también sabía los enredos en los que Don Raúl andaba metido.

A raíz de su partida, les escribí varias cartas a una dirección que el cartero me dio, pero solo contestaron una vez, para agradecerme mi silencio. No volvieron a pisar esta magnífica ciudad, que se preguntaba porque la mejor familia se había ido tan repentinamente. De Raúl no se supo nada más, solo que asistió, desde ese año, a todas las Ferias de Abril.

Greta M. y Catalina A. – 2 A.F.

El pueblo de Ledesma 

Era un día soleado de primavera, con pocas nubes en el cielo. Alfredo se dirigía tranquilamente hacia el río para refrescarse y descansar antes de dirigirse al pueblo de Ledesma. Era un joven menudo, positivo e inocente de unos veinticuatro años que quería ser monje y por eso iba de camino al monasterio de San Salvador. Quería volver a empezar su vida, desde que murió su madre, ella era lo único que le ataba a su infancia. Ellos eran pobres y su madre mendigaba para los dos en la puerta de la iglesia de su antiguo pueblo, pero no les daba para salir adelante así que el padre Ramón les solía dar algo de comer todos los días. Gracias a él Alfredo descubrió su vocación, ayudar a los necesitados como lo hizo él. Pero él era diferente, había nacido con múltiples deformidades físicas. Tenía toda la piel recubierta de unas manchas y bultos. Sólo solo veía por un ojo porque se le había desprendido la retina del izquierdo al caerse por las escaleras cuando era niño y solo tenía una parte de la pierna derecha porque le tuvieron que amputar la parte inferior a causa de una infección. Nunca tuvo una vida fácil, pero pensar que algún día se iba a convertir en monje hacía que siguiese adelante y tuviera ganas de vivir.

Después de descansar, Alfredo se levantó y siguió su camino. Cruzó un inmenso puente, que parecía el camino hacia su futuro. El pueblo estaba tranquilo, no había ningún ruido, no había nadie a la vista y solo se podía escuchar el canto de los pájaros. Las casas eran de madera y las calles eran estrechas pero el pueblo tenía cierto encanto, parecía un sitio donde se podía llevar una vida agradable. El monasterio se situaba encima de una colina en el centro de la aldea creando así un efecto de grandeza. Era inmenso, el campanario destacaba sobre el resto del magnífico edificio de piedra. El joven subió la cuesta con entusiasmo, todo lo que él soñaba se iba a hacer realidad. Cuando por fin llegó al monasterio, se encontró con unos monjes en la entrada y les explicó por qué estaba allí. Los monjes mantuvieron sus distancias ya que pensaban que era un leproso y le dijeron que la gente como él no podía convertirse en monje, que nadie le podría ayudar. El joven, confuso, les pidió explicaciones, pero ya se estaban alejando con cuidado de él.

Alfredo salió decepcionado de aquel lugar. Su sueño, lo único que quería ser, lo único que le quedaba, se lo habían quitado sin pensárselo dos veces y no entendía el porqué. Él solo quería ayudar a los necesitados como le ayudaron a él. Bajó la cuesta dirigiéndose hacia una taberna que vio en la plaza principal, pero al entrar, se convirtió el centro de todas las miradas, le observaban con miedo como si él fuera un monstruo. Se acercó para pedir su bebida, pero el tabernero, asustado, le denegó el servicio y le echó del local. 

Desesperado e inundado de tristeza no sabía qué hacer, lo único que sabía era que su único deseo nunca se iba a hacer realidad y que la gente siempre le iba a tratar igual. Se dirigió hacia el puente, miró por última vez el pueblo de Ledesma y al imponente monasterio, se dio la vuelta y con poca esperanza empezó a andar en dirección opuesta sin saber lo que le depararía el futuro.

Alejandra B. y Clara C. – 2 A.F.

Un vagón y una mentira

Era la época de la famosa Feria de Abril, y Sevilla acogía a todos los viajeros que asistían al evento. La música resonaba en todos los rincones, y las flores de azahar desprendían un olor dulzón que contribuía al ambiente festivo de la ciudad. Los cascos de los caballos retumbaban a todas horas, y los carruajes abarrotados, circulaban hasta la plaza de toros. En la plaza, no cabía ni un alfiler, y las bailaoras, vestidas de flamencas, daban vueltas en círculo animando a unirse a su danza a todos los paseantes. Las guitarras rasgaban y de los puestos de churros y buñuelos salían largas colas, que llegaban hasta el mercado del Arenal. Se podían ver todas las caras de felicidad y de euforia, pero la que más destacaba era el rostro joven y sonrojado de Dulce, la hija del matrimonio Jiménez, Raúl y Lola.

Éstos llevaban viviendo toda su vida en la ciudad, y se habían casado apenas hace un par de años antes, pero ya eran conocidos como la pareja más alegre, enamorada, y atenta de Sevilla. Raúl provenía de una familia adinerada y por lo tanto sus amigos cercanos no entendían por qué el hombre trabajaba tanto; vivía más en el extranjero que en Sevilla, dedicándose al comercio de tabaco, telas, especias… que tenía que enviar a sus clientes ya que era comerciante. Por otro lado, Lola era una mujer bella, divertida y muy atenta con su hija Dulce. La niña tenía tan solo diez años, pero era muy espabilada y desenvuelta.

La familia era muy feliz, pero de vez en cuando, la ausencia del padre, traía consecuencias en los sentimientos de las dos, sobre todo en los de Dulce. Sus largas ausencias, eran luego compensadas por muchos regalos de los sitios visitados por Raúl. Después de una quincena en Londres, Raúl volvió con muchos caramelos para Dulce, con el objetivo de compensar su ausencia y con una mala noticia; se tenía que volver a marchar una semana después.

La semana pasó volando, pero el momento que menos le apetecía a Dulce llegó, su padre tenía que volver a irse. Un carruaje ornamentado, de colores cálidos guiado por un cochero esperaba a Raúl para llevarlo a la estación de Santa Justa. En el mismo instante en el que los caballos doblaban la esquina, a Dulce se le ocurrió la loca idea de acompañar a su progenitor en su viaje. En un par de minutos, averiguó a qué hora y de donde salía su tren, hizo veloz la maleta, y se escapó por la puerta trasera de la casa.

Corrió con la ilusión de darle una sorpresa a su padre, pero cuando llegó a la estación, a Dulce le costó encontrarle ya que le llamaron mucho la atención las cristaleras en los techos altos, el barullo de la gente, y la música que resonaba por todo el edificio. Pero su cara de ilusión por sus descubrimientos se fue desvaneciendo poco a poco, lo único que la niña pudo enfocar con sus ojos, fue a su padre metiéndose en un vagón con un grupo de mujeres vestidas humildemente y con caras de desolación. Llevaban faldas oscuras desgastadas, paños en las cabezas que parecían muy usados, zapatos rotos, y que no parecían ser de sus tallas, y llevaban consigo pequeñas bolsas de viaje y alguna que otra cesta que parecía llevar víveres para el viaje.

Al llegar a casa, su madre le preguntó que dónde había estado y cuando ella le contó, todo el color del rostro de su madre desapareció en cuestión de tres segundos. La inocente Dulce no entendía lo que su padre escondía, pero los pocos detalles que la niña dio fueron suficientes para que Lola entendiera que su marido no era comerciante, sino que se dedicaba a la trata de blancas.

Dulce y Lola no volvieron a ver a Raúl, debido a que Lola tomó la decisión más complicada de su vida; emigrar a América para huir de esta gran mentira que las afectaba, ya no solo sentimentalmente sino también socialmente. Lola, al ser de buena familia, tenía muchas relaciones, entre las cuales se incluía la mía. La señora Jiménez y yo nos conocimos en un sarao, ya hace bastante, como diez años o así, y llevábamos una relación de cordialidad y amistad. Como ella bien sabía, yo era el director general de Santa Justa, y controlaba todo lo que pasaba en la estación; todos los trenes que salían y llegaban, los tumultos, los intercambios, las mercancías… y por lo tanto, también sabía los enredos en los que Don Raúl andaba metido.

A raíz de su partida, les escribí varias cartas a una dirección que el cartero me dio, pero solo contestaron una vez, para agradecerme mi silencio. No volvieron a pisar esta magnífica ciudad, que se preguntaba porque la mejor familia se había ido tan repentinamente. De Raúl no se supo nada más, solo que asistió, desde ese año, a todas las Ferias de Abril.

Greta M. y Catalina A. – 2 A.F.

El pueblo de Ledesma 

Era un día soleado de primavera, con pocas nubes en el cielo. Alfredo se dirigía tranquilamente hacia el río para refrescarse y descansar antes de dirigirse al pueblo de Ledesma. Era un joven menudo, positivo e inocente de unos veinticuatro años que quería ser monje y por eso iba de camino al monasterio de San Salvador. Quería volver a empezar su vida, desde que murió su madre, ella era lo único que le ataba a su infancia. Ellos eran pobres y su madre mendigaba para los dos en la puerta de la iglesia de su antiguo pueblo, pero no les daba para salir adelante así que el padre Ramón les solía dar algo de comer todos los días. Gracias a él Alfredo descubrió su vocación, ayudar a los necesitados como lo hizo él. Pero él era diferente, había nacido con múltiples deformidades físicas. Tenía toda la piel recubierta de unas manchas y bultos. Sólo solo veía por un ojo porque se le había desprendido la retina del izquierdo al caerse por las escaleras cuando era niño y solo tenía una parte de la pierna derecha porque le tuvieron que amputar la parte inferior a causa de una infección. Nunca tuvo una vida fácil, pero pensar que algún día se iba a convertir en monje hacía que siguiese adelante y tuviera ganas de vivir.

Después de descansar, Alfredo se levantó y siguió su camino. Cruzó un inmenso puente, que parecía el camino hacia su futuro. El pueblo estaba tranquilo, no había ningún ruido, no había nadie a la vista y solo se podía escuchar el canto de los pájaros. Las casas eran de madera y las calles eran estrechas pero el pueblo tenía cierto encanto, parecía un sitio donde se podía llevar una vida agradable. El monasterio se situaba encima de una colina en el centro de la aldea creando así un efecto de grandeza. Era inmenso, el campanario destacaba sobre el resto del magnífico edificio de piedra. El joven subió la cuesta con entusiasmo, todo lo que él soñaba se iba a hacer realidad. Cuando por fin llegó al monasterio, se encontró con unos monjes en la entrada y les explicó por qué estaba allí. Los monjes mantuvieron sus distancias ya que pensaban que era un leproso y le dijeron que la gente como él no podía convertirse en monje, que nadie le podría ayudar. El joven, confuso, les pidió explicaciones, pero ya se estaban alejando con cuidado de él.

Alfredo salió decepcionado de aquel lugar. Su sueño, lo único que quería ser, lo único que le quedaba, se lo habían quitado sin pensárselo dos veces y no entendía el porqué. Él solo quería ayudar a los necesitados como le ayudaron a él. Bajó la cuesta dirigiéndose hacia una taberna que vio en la plaza principal, pero al entrar, se convirtió el centro de todas las miradas, le observaban con miedo como si él fuera un monstruo. Se acercó para pedir su bebida, pero el tabernero, asustado, le denegó el servicio y le echó del local. 

Desesperado e inundado de tristeza no sabía qué hacer, lo único que sabía era que su único deseo nunca se iba a hacer realidad y que la gente siempre le iba a tratar igual. Se dirigió hacia el puente, miró por última vez el pueblo de Ledesma y al imponente monasterio, se dio la vuelta y con poca esperanza empezó a andar en dirección opuesta sin saber lo que le depararía el futuro.

Alejandra B. y Clara C. – 2 A.F.