Be water my friend… ¿Es posible ser más flexible?

1 febrero 2020

Por Amor González, psicóloga escolar

“Lo prometido es deuda”. 

“Las deudas se pagan”.

Dos sentencias. Dos reglas. 

He cogido estas dos frases a modo de ejemplo, pero también vale para cualquier otra afirmación que tenga la capacidad de controlar tu vida: “soy un paquete”,” no puedo con el inglés”, “soy ridícula”, “no lo voy a conseguir”, “con los hombres no hay quién pueda”, “las mujeres somos miedosas”, y así hasta el infinito y más allá como decía Buzz Lightyear.

Ojo: aquí la palabra control es la importante, la que da sentido al resto del texto.

Todos tenemos un cierto número de reglas para decirnos qué hacer o no, qué pensar, qué juzgar, qué evitar, cómo educar, … y resultan tremendamente útiles. 

Te imaginas si no, que cada vez que te enfrentaras a una situación, te tuvieras que replantear todo.

Agotador e ineficaz.

Sin embargo, no todo el monte es orégano. 

En ocasiones, nuestra mente nos lía exigiéndonos el cumplimiento rígido de alguna de nuestras reglas independientemente de la situación.

Igualmente, agotador, igualmente ineficaz.

A esto es a lo que, desde ACT, se llama “inflexibilidad psicológica”. 

Una trampa saducea que nos mantiene en un sinvivir. 

Si “lo prometido es deuda”, entonces tengo que cumplirlo, y hasta que no lo cumpla pesará sobre mis espaldas el amargo sabor de la culpa porque no podré volver a mirar a la cara a mis hermanas. Y ¿qué ejemplo le voy a dar a mis hijos? Me lo harán pagar de alguna manera si no lo cumplo. 

Una retahíla infinita de razones para justificar el cumplimiento de la regla.

La flexibilidad psicológica, concepto que mencioné en la primera entrega de esta columna, entre otras cosas va de esto: poder elegir cuándo te conviene o no seguir una regla. 

A lo que tenemos que añadir, que para elegir siempre hay un precio que pagar. 

Lo mismo que en internet: cuando no pagas con la Visa, pagas con tu privacidad. Pero pagar, pagas.

La libertad no es un servicio gratuito, si la ejerces pagas.  ¡Ah! pero si no la ejerces pagas también.

Sainete nº1

PERSONAJE #1   Tu mirándote en el espejo

PERSONAJE #2   Tu mente con sus reglas y sus razones.

PERSONAJE #2 “Le prometí a mi padre en el lecho de muerte cuidar de la casa familiar. Es un pozo sin fondo, está arruinando mi economía familiar. Hartos están mi mujer y mis hijos de ir al pueblo a retejar, cambiar la fontanería, quitar la humedad … a pasar las vacaciones donde nunca hubiéramos elegido hacerlo, porque para eso tenemos la casa”.

PERSONAJE #1 ¿Qué le va a pasar a tu economía si sigues invirtiendo en esa casa? ¿Dispones de suficientes recursos para atender a las necesidades de tu familia y a las facturas de la casa en el pueblo? ¿Y cómo te va con tu mujer? ¿Y tus hijos, qué piensan de ir a un pueblo en medio de los montes de Orense, verano tras verano? ¿Y a ti, realmente te apetece invertir tiempo y dinero como si fueran recursos ilimitados para atender una promesa? ¿Y si nadie nunca lo supiera, seguirías actuando de la misma manera? 

PERSONAJE #2 ¡Pero, lo sé yo!

PERSONAJE #1 Sí, sabes eso y también tienes las respuestas a las preguntas del párrafo anterior. Así que, si van en la misma dirección, genial.  Pero ¿y si apuntan a caminos diferentes? ¿Qué eliges?

PERSONAJE #2 ¡Es que no hay solución buena!

PERSONAJE #1 Cierto, acabas de dar con la cuadratura del círculo.

Fin del sainete.

En muchas ocasiones elegir es eso. Escoger entre opciones igualmente indeseables. 

Así que, tal vez valga la pena que te pares y mires desde la distancia qué es lo que realmente quieres, en vez de dejarte llevar en la dirección que por defecto te marca el piloto automático de la regla que te está gobernando.

Preguntarte si es posible vivir con el sentimiento de culpa y de traición, y con los pensamientos de “soy un mal hijo”, “eso no se hace”, “si mi padre levantara la cabeza”, con la sensación de malestar que todo esto conlleva para ti y escaparte a la playa y disfrutar con tus hijos del mar.

Tú eliges.

Y nadie ha dicho que elegir tenga que ser fácil. A veces es difícil y complicado. 

A veces hay que escoger entre alternativas poco o nada atractivas, por ejemplo: salgo con mis amigos y suspendo el examen o me compro este par de zapatos que me encantan, pero no me queda un duro del dinero que me dan mis padres al mes para salir con mis amigas.

En ocasiones se trata de renunciar a una opción apetecible, aunque la otra sea también deseable. Pero hay renuncia, hay perdida así que o voy al cumple de Alex o salgo con Cristina.

Así que no, elegir no es fácil. 

Hay quién se pasa la vida en un impasse esperando a que el tiempo, u otros, cambie la situación y la resuelva. 

Por cierto, no sé si te has dado cuenta, pero no elegir, es una elección y también tiene un coste.

Por cierto, ¿te has parado a pensar que un conflicto no resuelto, un asunto pendiente, supone una fuente importante de malestar que consume tus energías?

Si tienes asuntos pendientes, ¿entre qué malestar y malestar eliges? ¿Quién quieres que controle tus decisiones? ¿Tú o los dictados de tu mente?