Alumnas del Liceo francés Molière, primer premio individual y segundo premio grupal del XXVII Concurso de Cuentos Infantiles y Juveniles de Villanueva de la Cañada - Lycée Français Molière

Dirigidos por las profesoras de español Nieves Gallego, Ana Peñas (Primaria) y Benita Muñoz (6ème, 4ème y 2nde), alumnos del Liceo francés Molière se presentaron al Concurso de Cuentos Infantiles y Juveniles organizado por la Biblioteca municipal de Villanueva de la Cañada y, como viene siendo los últimos años, resultaron entre los ganadores de este certamen que ya va por su vigésimo séptima edición.

Lara Bonny (2nde = 4º ESO) obtuvo el primer premio de Educación Secundaria en la categoría individual con un cuento titulado “Cuando una flor muerta cae al mar”.

María Sistach, Marina Wauquier y Anaïs Martín (4ème = 2º ESO), autoras de “Cambio de rumbo”, obtuvieron el segundo premio de Educación Secundaria en la categoría Grupo.

La entrega de premios tuvo lugar el 26 de abril en el Centro Cultural La Despernada. Al certamen se presentaron 300 escolares primaria y secundaria pertenecientes a todos los centros educativos del municipio. Los libros estarán a disposición del público en la sala infantil de la Biblioteca hasta el 1 de mayo.

Enhorabuena a todos los participantes y en especial a las ganadoras. Felicitaciones por el enorme talento que poseen y se deja ver en estos maravillosos relatos que tenemos el honor de compartir a continuación:


“Cuando una flor muerta cae al mar”

Lara Bonny

Mamá, el otro día, cuando te llamé, me hablaste del caso de una mujer que acababas de ver en las noticias y de lo importante que es denunciar cuando una mujer es maltratada. Quiero que sepas que os quiero, a papá y a ti y que he escrito este diario gracias a ti.

12/06

Son las 2:38 de la mañana. No puedo dormir. Creo que es buen momento para empezar a escribir en este diario y  hablar de ellos, de mis hijos. Tengo dos. Mi hija tiene exactamente lo que yo siempre he querido : valentía y el pelo liso y moreno. Sus ojos siempre me recuerdan a los de su padre. Cuando era alguien para mí, cuando la pasión nos envolvía. Pronto cumplirá 8 años. Mi pequeña Carla, mi niña, mi sol. Mi hijo tiene la adolescencia aferrada a su espalda. No sé ni siquiera lo que queda de él. Es como una prenda que me provoca nostalgia, como un peluche de infancia que soy incapaz de soltar. Tiene  el pelo negro de su abuelo y los ojos color chocolate, como su hermana, como su padre, pero en él nunca he podido encontrar la misma mirada. Se llama Diego, y ni siquiera sé porque le llamé así. Levanto la mirada. La luz de la luna se ha colado por las hendiduras de la persiana. Siento una mano intentando alcanzar mi cuerpo entre las sábanas. Es su mano, siempre su mano, la de Fernando, mi apestoso marido. Quiero huir, ¿Y si me voy a la cocina con el pretexto de que se me ha olvidado algo? Me da miedo levantarme. Ya es muy tarde, acaricia mi piel. Esa piel que mancilla con golpes e infidelidades. Se me corta la respiración. Hasta mañana querido diario. 

25/06

Los días pasan, y los moretones se multiplican sobre mi piel. No es nada… O eso quiero que sea. Nada. 

27/06

Una noche, miré por la ventana de mi cuarto. Llovía tanto…  Quise salir, empaparme de felicidad, llenar mis pulmones del delicioso aroma de la lluvia, del frío. Cogí mi abrigo precipitadamente, no quería perderme ni un solo momento de esa noche. Sentí una mano agarrar mi muñeca con fuerza. Esa noche no salí. ¡Era tan injusto ! ¡Lluvia ! ¡Lluvia que me esperaba! ¡Lluvia que olía y resonaba! ¡Lluvia que nunca pude tocar! Y un martes, dejé a Carla en el colegio y a Diego en el Instituto. Al volver, Fernando ya se había ido. ¡Qué alivio me invadió al saber que no volvería hasta tarde ! En casa, solo se oían los ruidos de la rutina. Ninguna voz, ninguna palabra, ninguna risa. Todo había muerto. Me tumbé en el sofá y cerré los ojos. Negro, sin sangre, sin él, sin sus sucias manos. Un estridente ruido me despertó. Me precipité hasta la cocina algo mareada por la precipitación.  Era él, ojalá hubiese sido el gato de la vecina.Había un jarrón hecho pedazos en el suelo. Esa mañana no fue lo único que se rompió. No podía despegar la mirada de las flores en el suelo ni del agua que se esparcía sobre él. Me agarró del pelo y me gritó al oído. Ni siquiera recuerdo lo que dijo. Tal vez fuese por los platos que no había limpiado, o por no recoger los cristales, o tal vez por existir. Todo se puso negro y sentí cómo mis piernas caían al suelo. Me volví a despertar. Esta vez en mi cama. Alguien me sujetaba la mano. ¡Me hubiera gustado tanto que no fuese él! Me miró y al ver que estaba despierta, su mano acarició mi rostro. Su asquerosa mano. La que me mataba, la que me torturaba día tras día. Quiero que estas dos historias se hagan públicas y ni siquiera sé si un día tendré el coraje.

03/07

Nos hemos ido a Francia para ver a mis padres. Fernando parece el hombre más dulce del mundo. ¡Qué calma ver mis heridas sanar debajo de mis prendas! Carla, mi pequeña Carla, sonríe tanto… Y Diego, él, me mira de otra manera. No se explicarlo. Los niños han dormido en casa de sus abuelos y Fernando y yo hemos reservado una habitación en un ibis. Algo se muere dentro de mí, cada vez que volvemos al hotel. 

10/07

Hemos vuelto a Madrid. No he tenido tiempo de escribir nada en el diario así que lo haré ahora. Estábamos en el parking del hotel de vuelta a casa y mis padres ya se habían despedido de todos nosotros. Fernando y Carla  estaban colocando las maletas en el maletero. Diego ya estaba en el coche. Al entrar yo, me golpeé. Me llevé las manos a la cabeza y mis dedos se entrelazaron con mi cabello. Sentí unas ganas insoportables de llorar. ¡No podía llorar ! ¡No delante de ellos! ¿Qué haría Fernando si llorase delante de los niños? Intenté frenar. Frenarlo todo, las lágrimas, la voz que en ese instante me estaba hablando, esa enorme ebullición de sentimientos. Sentí que perdía el control de todo. El dolor se hacía cada vez más débil pero las lágrimas seguían cayendo. El abismo se hacía cada vez más grande en mi pecho. No era por el golpe, nunca lo fue, pero por lo menos ese día tuve una excusa para llorar. 

11/07

Esta mañana he ido al cuarto de Diego. Los rayos del sol de sábado se esparcían por cada rincón del cuarto. Él estaba tumbado en su cama. Me vio y por primera vez me hizo un hueco en su cama. Como de pequeño. Yo me tumbé y me quedé mirándolo unos segundos. Había olvidado lo bonito que era su rostro. Ojalá nunca me hubiese tumbado, ojalá nunca me hubiese casado, ojalá nunca hubiese vivido.

– Mamá, he visto tus moretones. 

Un enorme frío invadió la habitación. Acaricié su rostro.

–Bueno, ya sabes que soy muy patosa. —Fue lo único que se me ocurrió. 

–¿Por qué ya no sales de casa? 

–Ya sabes, tengo muchas cosas que hacer aquí, en casa. Y a veces salgo. 

–Sí, para comprar y siempre con papá. ¿Por qué siempre te acompaña si después ni siquiera coge las bolsas  ¡Mamá! ¡Que ni siquiera tienes móvil! 

No he contestado. Se me ha cortado la respiración. Él me ha mirado no muy convencido pero no ha vuelto a preguntar. Ahora está en casa de su mejor amigo. Por lo menos allí es feliz. Carla también está en casa de una amiga. Sus ojos, su risa, sus mejillas que merecen mil besos, están lejos de sus manos. Han pasado tres horas, y ya han vuelto los dos, mas o menos a la misma hora. Fernando está en un bar, o tal vez con una de sus amantes.

14/07

Creo que he hecho una tontería. Tengo mucho miedo. Tengo tantas ganas de gritar. ¿Qué pasaría después? ¿Está bien lo que he hecho? ¿Qué hago hablándole a un maldito diario? Esta mañana todo ha cambiado. Lo he tirado todo por la borda, mi felicidad, mis hijos, los restos de mi vida. Eran las 10:45. Los he abrazado con todas las fuerzas que me quedaban.¡Ojalá nunca los hubiera soltado maldita sea! Carla se ha extrañado pero no ha dicho nada y se ha ido a su cuarto para ir a buscar… no lo sé, no me acuerdo. He aprovechado para dejar en la mano de Diego dos billetes de tren para ir a Francia. Y antes de que pudiese hablar, ha gritado.

-¿¡Se puede saber qué pasa?!

Ni siquiera he protestado por su manera de hablarme. Le he dicho algo así:

-Diego mírame, escúchame por favor. Esta noche Carla y tú  os tenéis que ir a casa de la abuela. Ella ya lo sabe. Diego, te juro que te lo contaré todo cuando todo esto acabé pero tienes que hacer lo que te digo. 

Se ha quedado paralizado y unos segundos después me ha abrazado y me ha susurrado algo que ni siquiera recuerdo. Creo que ha sido un «lo siento». Cuánto había extrañado que fuese un susurro y no un grito lo que se posaba sobre mi oído. Creo que le he dicho : 

– Te lo voy a contar todo, te lo juro. Te mereces mucho más que una explicación. 

Carla ha venido a abrazarnos. Qué bonita hubiese sido nuestra vida si hubiese tenido la valentía de hablar de Fernando y sus diablos. Nunca podré olvidar el rostro de Carla al saber que se iban a Francia. La luz que desprendía, su sonrisa. Les he ayudado a hacer sus maletas. Es la mentira más dulce que pasará por mi vida. No he podido salir de casa. Él y el miedo habían conseguido que no fuera capaz de cruzar el umbral de aquella puerta. Los he contemplado desde la ventana de mi cuarto, hasta perderlos de vista. Perderlos del todo. Mi sol y mi luna caminando hacia donde él nunca podría alcanzarlos. Los dos cogidos de la mano, haciéndose más fuertes a cada paso. Los dos sin él, sin mí. 

17/07

Pasó algo después de eso. Ahora sí sé que he hecho una tontería. Eran las siete y media de la tarde. Él volvió más pronto. Subió y me vio llorando. Fue algo así :

-¿Los niños te han visto llorando ? 

-No…

No podía dejar de mirar al suelo, como con el jarrón, como siempre. 

-¿Dónde están?

El silencio fue el protagonista de la conversación. 

Me cogió por el cuello y volvió a preguntar. Esta vez gritando y apretando más fuerte en cada palabra que pronunciaba. 

-¡Ya no están Fernando ! Los he mandado a Londres. A ese maldito viaje de verano del que hablamos. 

Lo importante era hacerle perder tiempo. Me soltó, nunca fue capaz de matarme porque me necesitaba para las tareas de la casa. Ojalá lo hubiera hecho. Solo soy capaz de recordar puñetazos. El calor de la sangre saliendo de mi nariz y gritos. Ni siquiera sabría decir si eran míos o suyos.

Me acabo de despertar y tengo un postit con un mensaje de Fernando. «Voy a ir a la estación y a volver con Diego y con Carla. Te dije que no debíamos mandarlos a ese viaje. Has hecho un error pero te lo perdonaré. Porque te quiero. Estoy sentada en una silla de la cocina y acabo de abrir una bebida de Fernando, sabe a limón. He empezado a tirar los platos y los vasos al suelo. En el salón he roto las páginas de varios libros de la estantería. Y en la habitación he hecho del colchón una fiesta de espuma y he encontrado las llaves de mi coche, las que me había escondido. ¡Me siento tan libre! ¡Tan lejos del peligro! Al recolocarme la ropa, después de esa agitada guerra contra aquel colchón he recordado los auriculares que me había dejado Diego. Eran sus auriculares. Y me los ha dejado a mí. En mis frágiles manos. Ahora estoy en el coche. Lo único que he cogido de mi joyero es un collar que hizo Carla cuando tenía 4 años. Estaba hecho de macarrones y había purpurina rosa y morada en cada uno de ellos. Al romper las camisas del armario, he encontrado una caja de zapatos. Dentro, estaban las flores del jarrón roto. Seguramente las guardé porque sabía que iba a ser la última vez que habrían flores en casa. Estaban secas y muy oscuras. He cogido la caja y he metido el collar, los auriculares, un bolígrafo y este diario. Llevando mis restos en esa caja, he ido directa al coche. Él ya no puede destruirme más. A pesar de los años de encierro, me siento segura. 

19/07

Llevo dos días y dos noches entre hoteles, cafeterías y gasolineras. Doy vueltas, no sé a dónde voy. En una de esas paradas, le he pedido el teléfono a una mujer y le he mandado un email a mi hijo. Se lo conté todo. Las flores, la lluvia, el viaje. Ahora que lo pienso, ¡Qué paciencia tuvo esa mujer ! 

Ahora estoy en Langre. De pequeña, pasaba todos mis veranos en Cantabria y se convirtió en una de mis más grandes nostalgias. Son las cuatro de la mañana. Llevo un momento tumbada. Mi cuerpo herido sobre el regazo de la arena. Paz. Y dolor. Mucho dolor. Escucho las olas, me duelen los brazos, el torso, las costillas. Me da miedo respirar. Siento moretones y arañazos. También puedo sentir dos océanos ardientes saliendo de mis ojos. 

20/07

Siento haber dejado de escribir, me quedé dormida. Seguiré contando : Unos momentos más tarde me fui al coche y recuperé la caja. Cogí las flores, me puse el collar y los auriculares. Los pétalos iban cayendo uno a uno en el camino hacia la orilla. Me puse tres cadenas que encontré entre las rocas. Una a los pies, una al cuello y una a la cintura. Me hubiese gustado morir entre la lluvia pero ¿Qué podía hacer? ¿Podría aguantar hasta el otoño? La playa estaba casi vacía. Había dos jóvenes que parecían estar borrachos tumbados en la arena. Parecían tan felices. Quizás lo eran. Parecía que el viento me acompañaba. Mis pies llegaron a la orilla. El agua estaba helada. No conseguía llegar al mar, hundirme, terminar con este maldito desastre. Salí del agua. Los dos jóvenes ya se habían ido. Ni siquiera se habían molestado en dejarme sus risas . Me quité las cadenas, no las podía soportar más. Miré el cielo, la luna. Recordé a  Diego y a Carla. Me di cuenta de que las flores de la caja estaban en la arena, bueno, lo que quedaba de ellas, lo que quedaba de mi vida. Volví al coche como una niña castigada. La carretera estaba como la playa, como yo, casi vacía. Apreté el acelerador más fuerte. Mis lágrimas no me dejaban ver. Tampoco quería. Solo volver, retroceder, abrazarlos, no podía dejar de apretar el acelerador. 

Estoy en un parador. Muy cerca de Francia. Casi en la frontera. Don las 9 de la mañana. Hace fresco, el sol acaricia el paisaje. Huele a la tarta que hacía  con mi padre de pequeña. Tarta de manzana con un toque de canela. Es uno de los momentos más delicados que he vivido.¿Te das cuenta ? Después de todo esto sigo sin saber si seré capaz de hacer de este diario algo público. ¿Me lo merezco ? ¿Merezco tener estos hijos ? ¿Merezco morir ? ¿Las flores siguen sobre la arena ? He escrito poemas. No sé para quién ni porqué pero los he escrito, y no sé qué hacer con ellos. Voy a escribirlos aquí. Porque en realidad, todo lo que he escrito aquí es lo que nunca sabré dónde escribir. Hay que ver cómo me enrollo a veces…

Te prometo que irás lejos.

Lejos de ellos, de esto, de ti.

Que todo se apagará un día.

Que podrás correr sin oír uno de tus huesos crujir.

Te prometo que volverás a ver las estrellas. Justo aquí, en medio de tu vacío.

Gracias querido diario. 

30/07

Soy la madre de Amelie. Sí, se llamaba Amelie. Se llamaba Amelie, tenía 46 años y nunca verá las estrellas en su vacío. Murió en un accidente de coche. A 30 kilómetros de mi casa, a 30 miserables kilómetros de mis brazos y del principio de una nueva vida.  Me han desgarrado la vida y me han robado a mi hija, de cuajo, sin avisar, sin anestesia. Así que hazme un favor, pásalo. Quiero que este maldito diario circule.

Cambio de rumbo

María Sistach, Marina Wauquier y Anaïs Martin

Samer se miró en el espejo. Había cambiado mucho desde que emprendió su viaje. Casi no reconocía al joven chico ingenuo que había dejado en Damasco. Se pasó la mano por la cara, cansado. El viaje lo había marcado mucho y la pérdida de seres queridos más. Le había costado llegar ahí. Se tumbó en la cama y comenzó a recordar.

Todo empezó con la primera explosión. Samer estaba cenando con su familia, manteniendo una animada conversación sobre los progresos de Ayla, la pequeñaja de siete años. Ésta había ganado una competición de atletismo y estaba muy  orgullosa de ello.

De repente se oyó una fuerte detonación que hizo que vibrar los platos y los cuadros de las paredes.

-¡Quedaos aquí! Iré a ver qué pasa-ordenó Mazen, el padre de la familia mientras se levantaba de su silla.

-Iré contigo-se ofreció en seguida Samer. Éste ya había alcanzado los diecisiete años e intentaba comportarse siempre que podía en el hombre en el que quería convertirse; fuerte, valiente, dispuesto a proteger a su familia por encima de todo.

Mazen no discutió y se dirigió a la puerta, seguido de cerca por su hijo mayor.

Fuera los esperaba un espectáculo horrible. Al final de la calle había varias casas en llamas, a mitad derruidas. Dentro había algunas personas atascadas intentando salir, quemándose vivas. También había gente fuera, en la calle, gritando, sin saber muy bien qué hacer.

La siguiente bomba, Samer pudo ver cómo bajaba a toda velocidad y caía encima de varias casas, seguida de una fuerte explosión que hizo que le castañearan los dientes.

Su padre lo cogió del brazo y lo llevó bruscamente dentro de su casa.

Para Samer, lo que pasó después fue demasiado rápido. Mazen los llevó a todos al sótano, mientas cogía todo lo de valor y comida que podía y lo llevaba con ellos.

En menos de tres minutos estuvieron todos apretujados en el oscuro sótano, respirando ruidosamente, intentando no perder el control.

-¿Qué ha pasado?-preguntó susurrando Khaled, el hermano de Samer de trece años.

-Ha empezado la guerra.

Estuvieron en esa habitación lo que parecieron horas, aunque era difícil saberlo. La perspectiva de una guerra confundía a Samer. Todo iba genial. Tenían una vida normal, amigos, iban bien de dinero, su escuela era buena… Pero ahí estaban.

Se oyeron varias explosiones más, seguidas de un temblor que hacía que la familia escondida se estremeciese, presa del terror. Cuando la comida comenzó a escasear, decidieron salir, después de verificar que no se oían más bombas.

Selda, la hermana de quince años, fue la primera en dejar la habitación con Ayla en brazos.

El paisaje que se ofrecía ante ellas las hizo ahogar un grito de horror. Todo a su alrededor estaba destrozado No quedaba ni rastro de su casa ni de las demás y los pocos árboles que antes había ya no estaban. El suelo, antes limpio y arreglado, estaba lleno de escombros de las casas. La calle estaba cubierta de cadáveres como un cuadro siniestro. El cielo estaba tapado por completo por humo, polvo y cenizas.

Mazen fue el último en salir, y cuando lo hizo y vio la destrozada calle, se puso a andar sin decir nada. Su familia no tuvo más remedio que seguirlo.

-¿Qué vamos a hacer ahora?-preguntó Sibel, la madre, angustiada. Llevaba de la mano a su hijo Khaled y tenía el rostro cubierto de cenizas por haberse frotado los ojos con las manos manchadas.

-Tenemos que huir-contestó Mazen-Sé a dónde podemos ir, pero el viaje va a ser muy largo y duro-. Hizo una pausa y luego continuó-. El hermano de mi padre vive con su mujer en Italia, en u sitio llamado Crotone. Podemos  ir allí hasta que todo vuelva a la normalidad.

Todos asintieron, deseando escuchar noticias buenas.

-Podemos pasar por el Líbano y llegar a Tartüs, en la costa. Ahí ya nos las apañaremos para seguir. Pero vamos a tardar por lo menos sesenta horas, os aviso. Habrá que ser fuerte.

Se pusieron en marcha, cansados pero decididos.

Tardaron un poco más de tres días en llegar a la costa, pero el viaje fue más duro de lo previsto.

Al segundo día de trayecto, al final de la mañana, cuando buscaban un sitio en el que descansar, Mazen se ofreció a buscar comida.

Cuando volvía con tres manzanas medio podridas en los brazos y una sonrisa en el rostro, se oyó un fuerte disparo y en seguida Mazen se desplomó con un alarido. Le habían disparado en el pecho, peligrosamente cerca del corazón.

Gritando de dolor, se arrastró hacia los demás, que estaban petrificados y lo miraban horrorizados y con lágrimas en los ojos. Se cayeron todos de rodillas a su alrededor, sabiendo que no duraría mucho más.

-La calle de mis tíos es la “Leonardi”-susurró con la voz entrecortada-, no me acuerdo del número, pero la puerta está pintada de azul y verde-se interrumpió para toser sangre-. Os quiero.Sed fuertes.

Luego cerró los ojos y murió en los brazos de su mujer, Sibel. Se quedaron impactados, llorando y gritando la pérdida de Mazen, durante un tiempo interminable.

En ese momento, Samer pensó que todo eso era solo una pesadilla, y que se despertaría en seguida en su casa, en Damasco, y que la calle y la gente seguirían intacta, como siempre.

Algo le mojó la mano. Eran las lágrimas de Selda. Eso le devolvió a la realidad. Ahora le tocaba a él encargarse de que su familia llegase a Italia viva.

Se secó las lágrimas con la manga de su camisa sucia y se levantó.

-Hay que seguir adelante-dijo con la voz ronca-. Papá lo habría querido.

Todos asintieron y arrastraron el cuerpo hasta un pequeño tramo de tierra, donde lo enterraron como pudieron.

Luego siguieron caminando, con los estómagos vacíos y rugiendo de hambre, cansados  y tristes.

Cruzaron una pequeña parte del Líbano, como había indicado Mazen, hasta llegar, por fín, a Tartüs, en la costa.

Estaban vivos, de momento, pero Selda había sido herida por un trozo de cristal que había salido volando de una explosión. Tenía la herida en el brazo sucia, probablemente infectada, aunque no podían hacer mucho para curarla correctamente.

En Tartüs ya había montones de gente y les costó mucho subirse a las pateras. Samer, Khaled y Selda iban en una, y Sibel y Ayla en otra.

Samer no sabía muy bien a donde se dirigían, pero sí que sabía que este trayecto iba a ser aun más duro que el que acababan de hacer. Navegaron durante varios días tranquilamente, sin ningún percance importante. En las pateras distribuyeron un poco de comida y le dieron una botella pequeña con agua a Selda para que se limpiase la herida.

Pero al cuarto día, cuando Samer ya sabía que se dirigían a Grecia, en la patera de al lado, en la que iban Selda y Ayla, dos hombres empezaron a pelearse. En un momento, uno de los hombres le dio un golpe sin querer a Ayla, que estaba en el borde y se cayó al agua con un grito de sorpresa. Por instinto maternal, Sibel saltó a buscarla. Ninguna de las dos sabía nadar bien y empezaban a hundirse.

Samer intentó tirarse a por ellas, pero un hombre de su embarcación lo cogió por el brazo.

-Déjalas, ya es demasiado tarde. No podrás con las dos.

Samer lo ignoró y se lanzó al mar. Nadó con todas sus fuerzas por el mar agitado hasta llegar a su madre y a su hermana.

-¡Cógela!-suplicó Sibel, tendiéndole a Ayla, que se mantenía a duras penas en la superficie.

-¡No! Os venís las dos conmigo-replicó Samer tirando de ellas.

-No vas a poder con las dos ¡Cógela a ella, yo os sigo!

Viendo que las pateras se alejaban, Samer asintió y llevó a Ayla, mientras Sibel lo seguía como podía. El chico consiguió llegar a su patera, y subió a Ayla, con la ayuda de Selda y Khaled, que estaban sorprendidos y asustados a partes iguales.

Samer se giró, esperando ver a su madre para subirla, pero ella ya no estaba. Se sumergió y la buscó bajo el agua. Le picaban los ojos por la sal, pero siguió buceando. El mar estaba muy frío y oscuro, y a Samer le costaba ver algo. Localizó un punto más oscuro que el resto, e identificó el cabello de su  madre.

Buceó rápidamente, pero se estaba quedando sin fuerzas. Empezó a faltarle el aire y Sibel estaba todavía muy lejos.

Cuando estuvo a pocos metros de ella, sintió que se ahogaba y no tuvo más remedio que subir a la superficie.

Al sacar la cabeza tragó una gran bocanada de aire y volvió a sumergirse, pero no vio nada. Lanzando un grito de frustración, nadó con las pocas fuerzas que le quedaban hasta la patera, donde sus hermanos lo esperaban con el rostro contraído por el horror y miedo. Al verle la cara a Samer, supieron enseguida lo que había pasado.

Se subió a la embarcación y se tapó el rostro con las manos. La culpabilidad lo estaba matando. Después de la muerte de Mazen había prometido que cuidaría de su familia ¡Y había dejado que su madre se ahogase! No se lo podía perdonar. Nunca lo haría. Su madre había muerto. Por su culpa.

Alguien le tocó el brazo. Era Ayla, que le miraba con sus grandes ojos verdes llenos de miedo. Estaba temblando. La abrazó sin decir nada, consolándola. Khaled se unió al abrazo y Selda después de él. Se quedaron todos abrazados hasta bien entrada la noche. Luego tuvieron que separarse para intentar dormir un poco.

A Samer le costó mucho dormirse, y cuando lo hizo, se arrepintió enseguida. Las pesadillas invadieron su sueño. Se despertó con un sobresalto; Khaled lo estaba sacudiendo.

-¡Ayla está mal!-le dijo angustiado.

Eso le despertó completamente. Samer se incorporó y buscó a su hermana con la mirada. Estaba con Selda, a pocos centímetros de él mismo. Ayla estaba temblando y tenía los labios azules. Su hermana la estaba abrazando y susurrándole cosas al oído para que no se desmayase.

Samer se acercó a ellas. Selda lo miró preocupada. Samer se arrodilló y vio que a Ayla le castañeaban los dientes. Hacía frío, pero tampoco tanto como para ponerse así. Samer suspiró. Seguramente eran las consecuencias de haberse caído al mar. Buscó una manta, cuando la cogió se la puso a Ayla encima. Después se sentó a su lado y la abrazó con fuerza, intentando darle calor.

Pasaron los días y el estado de Ayla empeoraba. Al principio solamente tenía frío, pero luego empezó a dormir mucho. Ya casi no hablaba, o si lo hacía, sólo murmuraba. Solía desmayarse de vez en cuando y también su respiración iba muy lenta, como si le costase respirar.

Samer no sabía qué le pasaba.

Cuando por fin llegaron a Atenas, en Grecia, los condujeron a u campo de refugiados. Samer se sintió extraño en tierra firme, después de pasar tanto tiempo en el mr. El campo no era muy grande, en tota cabrían unas cincuenta personas, y éramos más que eso. Llevaron a Ayla a una de las tiendas y sus hermanos esperaron a que la atendieran. El médico acabó la revisión de la niña y miró a Samer.

-¿Vuestros padres están aquí?

-Murieron en el viaje-a Samer le costó mucho decirlo en voz alta y tuvo que contener las lágrimas.

-Vuestra hermana ha sufrido hipotermia. Está muy débil y es muy probable que no sobreviva.

Samer, Selda y Khaled lanzaron a la vez una exclamación de horror.

-Y… ¿Cuánto tiempo le queda?-logró articular el mayor.

-Vamos a darle todo lo que sea necesario para curarla o por lo menos para mantenerla viva,  pero seguramente no durará más de una semana.

Khaled se puso a temblar y a Selda empezaron a caerle lágrimas por las mejillas. Samer sólo asintió y esperó a que el médico saliera de la tienda, que les dedicó palabras de ánimo.

Cuando estuvieron solos, todos se abrazaron. Samer pensó que todo le estaba saliendo mal y se preguntó cuándo acabaría toda esa pesadilla.

Los siete días pasaron volando y los cuatro hermanos intentaban pasar el máximo tiempo posible juntos. A Ayla la cubrieron con mantas y la pusieron al sol.

Pero al décimo día la enferma cerró los ojos y no volvió a abrirlos. En el campo se oyeron los gritos de desesperación de Selda junto con los sollozos de Khaled y la respiración agitada de Samer. Sólo el tiempo los haría soportarlo.

Después de muchos días de tristeza, Samer decidió que era hora de partir.

Cogió a sus hermanos de la mano y se dirigieron a donde un hombre les había indicado que había pateras. La mujer que dirigía una de ellas les hizo señas para que se subiesen rápidamente.

-Estamos a punto de irnos-les informó cuando llegaron. Un poco más tarde, en efecto, los botes empezaron a navegar. El mar estaba agitado y los tres hermanos pasaron miedo los primeros días, pero luego se fuero acostumbrando a las bruscas sacudidas.

Durante el viaje muchísima gente se cayó del barco y muy pocos lograban subirse de nuevo. Una vez Khaled, que estaba en el borde, se cayó hacia atrás, pero Samer lo alcanzó sin necesidad de tirarse al agua. Cuando salió hizo que se calentase de inmediato, dispuesto a no cometer el mismo error.

Cuando, por fin, vieron la costa de Italia, las pocas personas que seguían en las pateras, lanzaron una exclamación de alegría. Samer se puso a reír. ¡Lo habían conseguido! ¡Habían llegado a Italia! No todos, pero sí la mitad.

Al llegar, los hermanos se dieron un fuerte abrazo, mezclado con lágrimas de alegría. Samer se informó y descubrió que estaban cerca de Crotone. Se pusieron en marcha rápidamente.

Dos días más tarde, después de andar y hacer auto-stop, llegaron al principio de la calle “Leonardi”. Samer tomó aire y se puso a andar. Localizó una puerta pintada de azul y verde. Llamó al timbre y un rato más tarde abrieron.

Eran los tíos abuelos de los niños. Cuando estos los vieron, los recibieron con los brazos abiertos y cuando Samer les explicó su historia, aceptaron a que se quedasen.

Samer sonrió. Recordar ese viaje le dolía mucho pero lo habían conseguido.

Se levantó de la cama y bajó a la cocina. Habían pasado tan sólo dos semanas desde que llegaron, pero ya se iban acostumbrando a su nueva casa y a vivir con sus tíos. Khaled y Selda iban al colegio, y Samer iba a empezar la universidad para estudiar Medicina.

-Cuando todo esto acabe, volveremos a Siria, por papá, mamá y Ayla. Volveremos, pensó Samer.