Aguas oscuras

11 febrero 2020

Por Amor González, psicóloga escolar

Para mí el fin de semana se termina con una sesión de cine. 

No de ver una peli en casa con palomitas y refrescos como si estuviéramos delante de la gran pantalla, si no de una sesión de cine de verdad. Con el rito de buscar en la cartelera y elegir qué peli vamos a ver, encontrarnos allí con amigos con los que compartimos hábito y terminar tomando algo para comentar, raramente la película, como nos va la vida.

Es una manera de alargar el domingo hasta sus últimos minutos disfrutando con los amigos de una actividad que nos gusta. 

Este domingo fuimos a ver Dark Waters -en español, Aguas oscuras-. 

No soy crítico de cine, ni aspiro a realizar sesudos comentarios, pero te diré que para mí la película tenía mucho de documental, salvo que estaba interpretada por actores. Muy bien interpretada por el actor principal, en mi opinión.

Dark Waters denuncia las malas prácticas (y en este caso mala práctica es un eufemismo que no se acerca ni de lejos a las barbaridades cometidas por la todopoderosa corporación Dupont) y lo difícil, largo y agotador que resulta enfrentarse a estos monstruos de hacer dinero; a modo de ejemplo te dejo una cifra: 1000 millones de beneficios anuales para una línea de negocio: el Teflon.

Lo que a mÍ más me ha admirado (defecto profesional) es la entrega del protagonista: Rob Billo, abogado de un bufete de renombre Taft, Stettinius & Hollister, cuyo principal cometido es  defender los intereses de grandes corporaciones del sector químico (sic).

Después de 20 años, a costa de muchos sacrificios personales (escasa dedicación a su familia), profesionales (le rebajan cuatro veces el sueldo) e incluso de salud, consigue una victoria difícil de imaginar, una reparación moral y económica para sus representados: 670,7 millones de dólares de indemnización.

Durante 20 años sin ninguna garantía de que fuera a ganar, más bien con toda la fuerza del viento en contra, mantiene el empeño, persiste en el esfuerzo, firme en su propósito: que se haga justicia.

Cuántos de nosotros no hubiésemos ni tan siquiera empezado porque “es imposible”, “porque es demasiado grande, demasiado fuerte, demasiado potente”, “porque su presupuesto para aguantar es infinito y nuestros recursos son limitados”, “porque su capacidad de lobby es aplastante”, “porque estoy solo y ellos son multitud”…

Entonces, ¿por qué Rob Billo se lanza contra viento y marea en esta lucha desigual? ¿Por su ego?, ¿por dinero?, ¿por el reconocimiento de los demás? 

No. 

Lo que le va a mantener y sostener, sobre todo en los peores momentos, es lo que coloca al otro lado de la balanza. Un valor: su sentido de la justicia. 

A diario me encuentro con alguien que me dice que su objetivo en la vida es ser feliz, o que sus hijos sean felices. Si sigo preguntando POR su definición de la felicidad, en la mayoría de los casos me encuentro con que significa estar tranquilo, sin preocupaciones, sin problemas. 

La ausencia de malestar como objetivo vital. 

Me pregunto, ¿habrá sido feliz Rob Billo? 

Si lo concebimos desde esta definición inerte y hueca, evidentemente no. 

Así que otra vez estamos ante una disyuntiva: una vida placentera o una vida llena de significado. ¿Qué eliges?

¿Te atreves a soñar?

¿En qué quieres que consista tu vida? 

¿Qué merece la pena para ti?

¿Qué tipo de persona quieres ser?

SI no tuvieras miedo al fracaso, a decepcionar a tus padres, …  si no tuvieras dudas o preocupaciones, ¿Qué te verías haciendo?

 ¿Qué cualidades personales quieres desarrollar en tu rol como hijo/a, padre/madre, amigo/a, pareja, profesional?