Sólo para románticos

Sólo para románticos

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Como todo niño español de mi generación (de las anteriores y de las posteriores) comencé a jugar al fútbol, deporte sagrado en España y en mi familia, como en la mayoría de las familias españolas.

En el colegio a la edad de 14 años el hermano Paco, que se ocupaba del deporte, me dijo un día después del recreo: “Albarrán entras bien a la pelota y tienes fuerza, nos podrías servir como defensa ¿quieres entrenar con nosotros?”. Así fue como comencé en el segundo equipo del colegio, el Flechas Negras, en el que estuve federado dos años.

A los 16 alguien me llevó al campo de rugby de la Facultad de Medicina, era la primera vez que veía esas porterías en forma de H y enseguida comencé a jugar. A partir de ese momento nunca más volví al balón esférico. El rugby me fascinó y me sigue fascinando.

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¿Qué vi en el rugby que nunca encontré en el fútbol? Todo. Pasión, camaradería, sentimiento de equipo, respeto, coraje, lucha, sacrificio, dolor y ante todo el “nosotros” frente al “yo”.

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De esa primera etapa tengo recuerdos inolvidables. Comentaba con mi padre este verano volviendo a atravesar Portugal, un partido al que él me llevó a Elvas (al otro lado de la frontera): llovía a mares y el partido no se suspendió, los portugueses eran duros y el campo estaba hecho un barrizal. Más tarde en los vestuarios, tras las duchas, el barro dejaba paso a las heridas. Ese olor a réflex intenso, ese sonido a tacos metálicos y ese aroma de hierba recién arrancada los tengo tan grabados en mi cerebro como los primeras magulladuras en la cabeza.

Pero de hecho (frente a la creencia general) el rugby no es un deporte violento. He visto muchos golpes y contusiones, pero nada que no se arreglase con un poco de esparadrapo en un par de días. El pillier que sale el primero en la foto con pantalones azules era bastante animal y nunca se rompió nada, pero se fracturó la pierna caminando tranquilamente por la calle. El talonador que está a su lado se abrió la cabeza cuando chocó contra la portería, pero hoy los postes llevan protectores de goma espuma. En el fútbol, sin embargo, las lesiones son muchísimo más numerosas y graves, los problemas de menisco están a la orden del día.

Otro aspecto que me fascina del rugby es el respeto al árbitro, al que no se le discute nada (se haya equivocado o no). He presenciado en partidos infantiles de fútbol como los padres insultaban al colegiado dando un ejemplo lamentable. Eso en rugby es impensable, al igual que se respeta a un profesor en el aula y a nadie se le ocurriría enviar a sus hijos al colegio para estar discutiendo una a una cada decisión tomada por el profesor.

En el rugby hay una posición para cada jugador y no hay cabida para las estrellas. El equipo juega para que todos participen no para que se luzca uno de los jugadores. Pero en el rugby caben todos: los gordos, los altos, los bajos, los que corren y los que empujan. Es un deporte más de estrategia que de desorden.

La oposición al equipo rival sólo dura los 80 minutos del partido, el equipo que ha ganado le hace un “pasillo” y felicita calurosamente al perdedor. Más tarde el equipo anfitrión invita al visitante al “tercer tiempo” donde se crean lazos de amistad y fraternidad que permanecen durante años. Eso ni lo he visto ni lo veré desgraciadamente en el fútbol. Incluso en los últimos tiempos en los que el rugby se está profesionalizando, ese espíritu de caballerosidad y de “juego limpio” no ha decaído. En el entorno del rugby se habla sólo y exclusivamente del deporte y no de los pingües beneficios económicos y de los millones de euros que se pagan por un jugador como en el fútbol.

En la universidad en Granada jugué algún partido con los de Ciencias y cuando he vivido fuera de España, he intentado como profesor transmitir siempre esos valores a mis alumnos del liceo francés. En Bangkok había mucha afición pero quizás demasiado calor, en el Guebre Mariam de Addis Abeba teníamos un buen terreno y la temperatura era perfecta. Allí descubrí el valor del rugby femenino y la entrega que ponen las chicas en este deporte. Más tarde en Pekín teníamos que entrenar en césped sintético de plástico y tuvimos que dejar los entrenamientos por la contaminación. En mi último destino, en Saigón colaboré junto al profesor de educación física y los chicos llegaron a ir a jugar un torneo a Hong Kong en donde la fiebre por el rugby es impresionante.

Ahora en el Liceo Molière mi obsesión es que las clases extraescolares puedan dar sus frutos y llegar a tener equipo propio como el Liceo de Madrid, y que nuestros alumnos no se tengan que ir a otros clubes. Hace unos días estuve jugando con los veteranos en Las Rozas y me impresionó las magníficas instalaciones deportivas municipales. ¿Porqué no crear una Escuela de Rugby en Villanueva de la Cañada? Hay dinero y espacio, sólo falta voluntad política.

En este Mundial de Inglaterra que se está celebrando, el equipo francés me interesa menos desde que no juega Sébastien Chebal. Ahora mi corazón está con los Pumas argentinos y por supuesto me siguen fascinando los All Blacks, pero como son tan buenos no creo que necesiten mucho más.

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Antonio Albarrán

Profesor de Español del Liceo francés Molière

 (FOTO) Con 17 años. En el centro de la fila de pie, con el protector blanco en la cabeza. (Extremadura, 1983)

Con 17 años. En el centro de la fila de pie, con el protector blanco en la cabeza. (Extremadura, 1983)

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